Orquestas de calidad, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el agosto 29, 2011  |  1 Comentario

Orquesta de la Comunitat ValencianaCatalunya necesita buenas orquestas. Si el objetivo es ganar prestigio en la escena concertística internacional, el único camino posible es marcar como objetivo prioritario el máximo nivel de excelencia de nuestras orquestas.

Hay otros parámetros, sin  duda, que valorar a la hora de otorgar subvenciones, desde la originalidad y el riesgo de la programación al apoyo a los compositores e intérpretes del país, la participación social o la difusión del patrimonio. Pero sin calidad, de nada sirven las buenas intenciones.

Cuando un melómano extranjero visita el Palau, el Auditori o el Liceu y se encuentra, bien en el foso, bien en el escenario, una orquesta mediocre, se lleva una pobre impresión que no puede maquillarse con la presencia de solistas o cantantes de primer nivel.

La orquesta es el motor, el corazón de un teatro, suele decir Jesús López Cobos. Y de un auditorio, cuando se trata de una formación titular o un conjunto en residencia. Cuando se habla, con justificada admiración, de Finlandia como paraíso musical, se piensa ante todo en el excelente nivel de sus músicos y de sus orquestas.

También los festivales deben tomar nota de ese objetivo de calidad orquestal. El Festival Castell de Peralada ha celebrado este año sus bodas de plata con una oferta operística de gran nivel y, curiosamente, puede hablarse de notables actuaciones de varias formaciones catalanas.

Pero la única formación que ha provocado sana envidia este verano es la Orquestra de la Comunitat Valenciana, titular del Palau de les Arts Reina Sofia, un instrumento de alta precisión, equilibrio y gran belleza sonora.

L´Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu brilló en una electrizante versión de Nabucco dirigida por  Nello Santi, y la Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) salió airosa en el estupendo concierto del tenor Roberto Alagna, dirigida con impecable oficio por David Giménez.

Podemos añadir también las dignas prestaciones de  la Simfònica del Vallès y de la Nacional Clássica d´Andorra en las veladas protagonizadas, respecticavente, por Joan Manuel Serrat y por Montserrat Caballé y Al Bano.

Pero la única formación que, de verdad, ha provocado sana envidia es la Orquestra de la Comunitat Valenciana, titular del Palau de les Arts Reina Sofia, un instrumento de alta precisión, equilibrio y gran belleza sonora que acompañó a Plácido Domingo en el más emocionante concierto del verano musical bajo la experta dirección de Jesús López Cobos. La excelencia, pues, marcó la diferencia.

Curiosamente, la actuación de bandArt en el muy atractivo e innovador montaje de Orfeo ed Euridice con el sello escénico de La Fura dels Baus, tuvo mucho más mérito en el aspecto teatral que en la calidad musical. El director de escena Carlos Padrissa convierte a los músicos en actores que toman las riendas del espectáculo. No se trata de colocar simplemente a la orquesta en el escenario, algo habitual en muchos montajes: la imaginería furera da un paso más y otorga nueva vida teatral a los músicos como factor clave en la acción dramática: a veces, recorren el escenario como posesos o bien ocupando los pequeños fosos unipersonales, con medio cuerpo fuera, desplegados por el escenario.

El rendimiento escénico de bandArt fue admirable, pero no se repitió el milagroso poder comunicativo alcanzado por López Cobos y la Orquestra de Cadaqués en el anterior montaje de ésta ópera que el Festival de Peralada presentó en 2002, con la firma escénica de Joan Font de Comediants y la maravillosa contralto Ewa Podles en la piel de Orfeo.

BandArt, una orquesta siempre dispuesta a romper tópicos, es un formidable intrumento, pero no puede decirse lo mismo de su líder, el violinista Gordan Nikolic, cuya caprichosa y extravagante dirección alternó momentos de gran efectismo, con tempi vertiginosos, y dinámicas no siempre bien equilibradas. El trasiego escénico, sin duda, pasó factura a los músicos, pero no justifica la superficialidad y falta de pulso narrativo de muchas escenas.

El teatro ganó la partida a la calidad musical, y eso, que puede funcionar muy bien en taquilla, rebaja ese nivel de excelencia del que hablamos.

El precio del éxito, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el agosto 22, 2011  |  1 Comentario

A la hora de hacer balance, los festivales suelen esgrimir las altas cifras de asistencia de espectadores como prueba irrefutable de éxito. Hacen bien. En estos tiempos de crisis, la falta de respaldo del público suele tener efectos letales. Pero conviene mirar con atención otros indicadores de buena salud artística.

Contratar a estrellas indiscutibles del mundo clásico como Plácido Domingo, Juan Diego Flórez, Daniel Barenboim o Lorin Maazel está muy bien, dan glamour y garantizan, casi siempre, un lleno total, aunque con los desorbitados honorarios que perciben nunca está claro si salen rentables.

No vamos a discutir ahora las leyes del mercado. En España, contratar a golpe de talonario ha sido, y sigue siendo en muchos teatros y festivales, el motor principal de las programaciones.  Por eso es tan importante fijarse en otros indicadores.

Conviene poner freno a los festivales que, con dinero público, practican sin disimulo una política artística basada en el culto a las grandes estrellas, en la contratación del divo de turno, del pianista más mediático o de la orquesta de mayor relumbrón.

Uno de ellos es la producción propia, el no depender siempre de los artistas, las orquestas, los directores en gira, con programas cerrados, que suelen ser trillados para no asustar al público. Lo tomas (si puedes pagarlo) o lo dejas.

Algunos festivales optan por fórmulas de mayor riesgo; encargan obras, impulsan coproducciones, diseñan programas exportables, recuperan patrimonio musical, apoyan a los músicos del país y buscan el equilibrio entre las propuestas más innovadoras y el gran repertorio, al que nunca hay que dar la espalda porque es la base para crear afición.

Así es más difícil llenar los aforos, pero ése esfuerzo no cae en saco roto porque contribuye a crear tejido artístico a partir de la cantera, algo muy necesario para dejar de ser considerados en el circuito internacional como el último paraíso del bolo de lujo.

Conviene poner freno a los festivales que, con dinero público, practican sin disimulo una política artística basada en el culto a las grandes estrellas, en la contratación del divo de turno, del pianista más mediático o de la orquesta de mayor relumbrón. Si se hace desde la iniciativa privada, nos parece estupendo, porque los artistas famosos son siempre la guinda del pastel musical. Pero con recursos públicos, los objetivos han de ser otros.

Acadèmia 1750: el sonido de Torroella, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el agosto 15, 2011  |  Deja un comentario

La consolidación, en el seno del Festival de Músiques de Torroella de Montgrí, de la Acàdemia 1750 -orquesta especializada en la interpretación del barroco y el clasicismo con instrumentos originales y criterios de época- es una de las más felices noticias del verano musical catalán. Dieron prueba de su calidad en la velada inaugural de la 31ª edición de festival ampurdanés, bajo la dirección de su titular, el clavicembalista y organista italiano Stefano Demicheli, discípulo de Ottavio Dantone.

Dos estupendos solistas contribuyeron al éxito de la fiesta barroca, la mezzosoprano gironina Gemma Coma-Alabert i l´oboista ampostí Pepo Domènech, en un programa centrado en grandes hits del barroco que los melómanos reconocen al momento.

Solo una rareza sonó en el concierto, abriendo el programa: la inspirada obertura de Emanuele Rincón  Barone d´Astorga para su drama pastoral Dafni (1709), representado con éxito en el Teatre de la Santa Creu de Barcelona. El rescate de obras que ilustran la historia de la ópera en los escenarios catalanes es uno de los saludables objetivos que se ha marcado la Acadèmia 1750.

El rescate de obras que ilustran la historia de la ópera en los escenarios catalanes es uno de los saludables objetivos que se ha marcado la Acadèmia 1750.

El celebérrimo Cànon i giga en re major, de Johan Pachelbel, abrió el desfile de éxitos barrocos. Hay quien considera una concesión servir en la misma velada páginas como el soberbio Nisi Dominus, RV 608 o el Concert per a oboè RV 463, de Vivaldi; tres arias de Georg Friedrich Händel, entre ellas las sublimes Scherza infida, de Ariodante, i Lascia ch´io piango, de Rinaldo, y cerrar el programa con otros dos clásicos populares de Johann Sebastian Bach, el Concert per a clavicèmbalo, BWV 1068 y l´Ària de la Suite núm. 3.

No lo es cuando lo que está en juego es la consolidación de una orquesta, porque frecuentar los clásicos del repertorio es vital a la hora de construir un sonido orquestal de calidad. Y la elección de obras bien conocidas, sirve para atraer nuevos públicos sin por ello dejar de interesar a los melómanos, pues la interpretación de los clásicos admite siempre lecturas innovadoras.

El conjunto, integrado por músicos del país con amplia experiencia en algunas de las orquestas de referencia del movimiento historicista, mostró un significativo aumento en la calidad y el equilibrio sonoro, con una excepcional actuación de su nueva concertino, Elisa Citterio.

Gemma Coma-Alabert salió airosa en la comprometida pieza de Vivaldi, aunque los pasajes de agilidad causan no pocos problemas a una voz que mostró mejor su volumen y fuerza expresiva en las arias de Händel, a las que otorga desbordante expresividad y certero aliento dramático.

Por su parte, Pepo Domènech lució un sonido bello y natural, con un virtuosismo sin trucos ni efectismos que permite disfrutar sin sobresaltos la inspiración melódica y el vuelo rítmico de Vivaldi. También estuvo impecable en su cometido solista Demicheli, pero en su caso, la inmisericorde acústica de la iglesia de Sant Genís se llevó por delante todos los matices

Oriol Pérez Treviño toma las riendas del Auditori, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el agosto 3, 2011  |  Deja un comentario

Oriol Pérez TreviñoAl final se ha impuesto el sentido común y Oriol Pérez Treviño (Manresa, 1972), director del Festival de Torroella de Montgrí y coordinador ejecutivo del Centro Robert Gerhard, será el nuevo director general del Auditori de Barcelona, según el acuerdo alcanzado la semana pasada entre el Departamento de Cultura y el Ayuntamiento de Barcelona.

Su elección pone fin a meses de especulación, tras el fracaso de la convocatoria para sustituir a Joan Oller, que ocupó el cargo entre 2001 y el pasado mes de febrero, cuando fue nombrado director general del Palau de la Música. De hecho, Oriol Pérez fue uno de los candidatos finalistas que la comisión asesora, formada por dos representantes del Departamento de Cultura y dos representantes del Ayuntamiento de Barcelona, había seleccionado previamente de entre los 29 candidatos presentados a la convocatoria que, contra todo pronóstico, fue declarada desierta por un jurado internacional.

¿De verdad no había ni un solo candidato para sustituir a Oller entre 29 candidatos? Costaba creerlo, y el primero que puso en duda la eficacia del proceso del sección fue el consejero de Cultura Ferran Mascarell. Y ha sido precisamente Mascarell quien al final ha impuesto el sentido común haciendo el trabajo que otros no supieron – o no quisieron- hacer en su día: escoger al mejor de los candidatos finalistas, en lugar de descartarlos a todos.

La presentación pública del nuevo director general se hará en septiembre, coincidiendo con la explicación del contrato-programa que debe fijar los objetivos del Auditori, cuyos órganos rectores, según el procedimiento oficial, deberán ratificar próximamente al  nuevo responsable del centro.

Mascarell ha impuesto el sentido común haciendo el trabajo que otros no supieron – o no quisieron- hacer en su día: escoger al mejor de los candidatos finalistas, en lugar de descartarlos a todos.

La elección de Oriol Pérez Treviño es una feliz noticia, porque su pasión por la música no conoce límites. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Barcelona y doctorando en Historia del Arte por la Universidad de Barcelona, se formó musicalmente en el Conservatorio Profesional de Música de su ciudad natal, Manresa: su formación musical se centra en las disciplinas de flauta de pico y fagot y milita con orgullo en las filas del movimiento historicista.

Fruto de esa convicción en el valor de la interpretación de la música antigua y barroca con instrumentos originales y criterios de época, impulsa desde el Festival de Torroella las actividades de la Acadèmia 1750, formación que el viernes 5 de agosto protagoniza el concierto bajo la dirección de Stefano Demicheli, con un delicioso programa barroco con la mezzo-soprano Gema Cola-Alabert y el oboista Pepo Domènec como solistas.

Otra de sus pasiones es la recuperación y difusión del patrimonio musical catalán tanto en conciertos como en diversos proyectos editoriales y discográficos, tanto en el seno del Festival de Torroella como al frente del Centre Robert Gerhard.  Pérez Treviño es también miembro de la Comisión Artística de la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya(OBC) y del Patronato de la Escuela Superior de Música de Cataluña (ESMUC), y  fue coordinador general y artístico de la Red de Músicas de Cataluña (2000-2009), impulsando la celebración de más de 1.200 conciertos en Cataluña para promocionar a los jóvenes intérpretes catalanes.

Asume ahora el reto más ambicioso de su carrera, y lo hace en un momento delicado, tanto por las crisis económica como por la falta de definición de algunas líneas de actuación del Auditori que no han alcanzado los niveles de calidad y proyección deseables en el marco de una programación que, hoy más que nunca, debe abrirse a todas las músicas para atraer al más amplio abanico de públicos posible: dinamizar la actividad musical de la ciudad, sumar esfuerzos, generar complicidades, situar la música en primer plano, como fuente de placer, de conocimiento y de enriquecimiento social. Los retos son múltiples, pero la tarea se presenta fascinante para un gestor que, entre otras virtudes, sabe programar con presupuestos ajustados a un alto nivel de calidad, con solistas y grupos de referencia internacional.

José Ramón Encinar, la música de nuestro tiempo, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el julio 29, 2011  |  Deja un comentario

El protagonismo de la creación musical en las temporadas de las orquestas sinfónicas españolas no es solo cuestión de presupuesto. Curiosamente, las formaciones con más recursos públicos no figuran siempre a la cabeza ni en política de encargos ni en número de obras programadas. Basta comparar la presencia de la música española en la temporada de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid con la que ofrecen  otras formaciones de similar nivel para darse cuenta de que el hecho de que se programen más o menos autores contemporáneos no depende solo de la cantidad de recursos económicos, sino de la voluntad de directores musicales y gerentes a la hora de dar o negar protagonismo a la música de nuestro tiempo.

Cuestión, ante todo, de convicción en el valor de la creación como pieza clave en la filosofía artística de cualquier orquesta que vive del dinero público. A los promotores privados basta con agradecerles todos los esfuerzos, por pequeños que sean, a favor de la difusión de la obra de los compositores actuales. A las orquestas de titularidad pública y a sus gestores hay que exigírselo.

Cada vez que un auditorio se escuda en los gustos del público y nos recuerda que a la mayoría de los abonados lo que de verdad les gusta es escuchar siempre las mismas obras de Beethoven, Chaikoski o Brahms hay que decirles que el justo protagonismo de los grandes clásicos en las temporadas se puede mantener sin por ello dejar casi en mantillas la música de hoy: lo más sensato suele ser programar obras actuales junto a páginas del gran repertorio.

Hay muchas formas de programar y lograr ese equilibrio en muchas ocasiones es mucho más fácil de lo que parece. De hecho solo hace falta una cosa: que quien tiene el poder para escoger los compositores y las obras que integran una temporada sinfónica lo utilice.

¿Es que la ORCAM maneja más recursos que las demás orquestas? Ni hablar, conozco algunas formaciones españolas que tienen más presupuesto y se limitan a incluir, a veces con calzador, dos o tres estrenos por temporada para cubrir el expediente.

Hace años que veo, con asombro, el papel primordial que la música contemporánea juega en las temporadas de la ORCAM. No es la orquesta con más recursos del panorama concertístico español, pero es la que más y mejor programa música española; nada de cuotas autonómicas ni falsos patriotismos, simplemente convicción en el valor de unos autores cuya música debería sonar en todos los auditorios, en todas las temporadas, pero que rara vez lo hacen, más por cicatería de titulares y gerentes que olvidan con demasiada facilidad la obligación que como orquestas públicas tienen con la causa contemporánea.

¿Es que la ORCAM maneja más recursos que las demás orquestas? Ni hablar, conozco algunas formaciones españolas que tienen más presupuesto y se limitan a incluir, a veces con calzador, dos o tres estrenos por temporada para cubrir el expediente. La diferencia, una vez más, no está en el dinero, sino en el talante de sus responsables, y en el caso de la ORCAM,  lo que prima es la pasión de su director titular y artístico, José Ramón Encinar, todo un campeón de la música española, por vocación, por oficio y por responsabilidad cultural.

La lista de obras programadas en la temporada 2011-2012 es, desde cualquier punto de vista, impresionante, como lo es la lista de compositores presentes en los conciertos programados en el Auditorio Nacional de Música y en los Teatros del Canal: Rafael Frühbeck de Burgos, Pilar Jurado, David Palet, José Manuel López López, Juan Carlos Satué, Carlos Cruz de Castro, Jacobo Durán-Loriga, Juan Cruz Guevara, Jesús Villa Rojo, Francisco Otero, o David del Puerto, más la oportunidad de escuchar páginas del mexicano Enrique Diemecke o el italiano Luca Francesconi.

Y hay que sumar partituras tan significativas como el Cant Espiritual, de Xavier Montsalvatge, Cantar del alma, de Frederic Mompou, tres grandes obras de Joaquín Rodrigo -Concierto para una fiesta, Concierto de Aranjuez y la Fantasía para un gentilhombre- y el Concierto para guitarra nº 3 de Antonio Ruiz Pipó.

Hay espacio para todas las músicas, porque en las mismas series de conciertos hay célebres obras de Bernstein, Orff, Fauré, Gershwin, Ravel, Bartók y Sibelius;  una buena ración de clásicos y románticos ( Haydn, Beethoven, Chaikovski, Schumann, Berlioz, Liszt, Brahms, Mendelssohn, Chaikovski, Rimsky-Korsakov, …) y un puñado de partituras poco programadas por estos lares, como Schlagobers, de Richard Strauss, Helios, de Carl Nielsen, Pohadka, de Josef Suk o La noche de los mayas, del gran Silvestre Revueltas. Lo dicho, cuestión de talante, de convicción y amor a la música. Que cunda el ejemplo.

Javier Pérez Senz.

Una política musical que nunca llega, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el julio 23, 2011  |  1 Comentario

El panorama musical barcelonés es cada vez menos rico, plural y atractivo. Casi sin darse cuenta, los melómanos han visto disminuir paulatinamente la actividad musical de la Obra Social La Caixa hasta alcanzar niveles casi puramente testimoniales. Los que fueron buques insignias de su oferta musical, el Festival de Música Antigua, con más de tres décadas de orgullosa historia bajo la dirección artística de Maricarmen Palma, y el en su día innovador Festival de Músicas del Mundo, han perdido toda su fuerza tras una confusa etapa de transición y su traspaso final al Auditori de Barcelona, que en lugar de potenciarlos, los ha convertido en pura anécdota de su programación.

Por su parte, la crisis ha reducido también de forma drástica la otrora generosa actividad de la Fundació Caixa de Catalunya, que al hilo de la crisis ha rebajado considerablemente su aportación como principal patrocinadora del Festival Internacional de Músicas de Torroella de Montgrí – lo que complica y rebaja los ambiciosos proyectos artísticos del veterano festival catalán-, y dejado casi en mantillas su política de apoyo a la música contemporánea, impulsada y defendida con pasión por Àlex Susanna durante su etapa como director-gerente.

La ciudad se vuelve cada vez más provinciana, conformista y previsible en su oferta musical, y lo preocupante no es la falta de recursos, la temible crisis, sino la falta de voluntad política.

Si tenemos en cuenta que la creación actual es el campo más desatendido del panorama concertísto catalán, la cuestión cobra perfiles aún más preocupantes: de momento, ya se han reducido significativamente las obras de encargo y los estrenos en las temporadas del Gran Teatre del Liceu, la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) y el Festival de Torroella.

También caen ciclos de conciertos y en este sentido la noticia más triste del año es la desaparición de Euroconcert, el veterano ciclo fundado y dirigido por Antoni Sábat con una filosofía artística ajena a las modas y presiones de mercado, que primaba el interés musical y la calidad de los intérpretes por encima de su gancho mediático.

No sólo desaparece un ciclo de la escena barcelonesa: también caen los ciclos consagrados al órgano de la catedral de Barcelona o los conciertos a cargo de solistas y grupos catalanes, con especial apoyo a la música catalana de todos los tiempos.

La ciudad se vuelve cada vez más provinciana, conformista y previsible en su oferta musical, y lo preocupante no es la falta de recursos, la temible crisis, sino la falta de voluntad política a la hora de diseñar, consensuar y afrontar, de una vez por todas y con rumbo claro, una política musical seria, coherente, eficaz y ambiciosa.

La cultura de los festivales, los criterios de programación en teatros, auditorios y orquestas públicas, la colaboración con los promotores privados, el papel de las agencias artísticas, la necesidad de rebajar los desorbitados honorarios que aún se pagan en el circuito clásico, el apoyo a la edición musical y la industria audiovisual, el apoyo a los locales que mantienen la música en vivo en toda la geografía catalana, los derechos de autor en la sociedad actual…hay muchos aspectos de la vida musical catalana que deben revisarse, pero no vemos, por el momento, mucho desde las administraciones para afrontar el tema más allá de las consabidas promesas de circunstancia, los discursos vacíos y los continuos recortes.

Un verano cargado de música, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el junio 28, 2011  |  Deja un comentario

Catalunya sigue teniendo una amplia oferta de festivales de verano. No siempre mantienen una filosofía programática y, en demasiadas ocasiones, se limitan a presentar varios conciertos, sin lazos temáticos ni un rumbo artístico claro. Pero la oferta sigue en pie, a pesar de la crisis.

En el caso de Barcelona, la situación es más bien deprimente. De hecho, es una ciudad casi muerta para la música clásica en verano. Sólo el Gran Teatre del Liceu mantiene una oferta de calidad a lo largo del mes de julio: el final de temporada incluye versiones en concierto de Tamerlano, de Händel, con la presencia en el reparto de Plácido Domingo y Bejun Mehta, y Daphne, de Richard Strauss, con el debú liceista de su Pablo González al frente de la OBC.

El Festival Grec ha aumentado su oferta clásica, tradicionalmente escasa, bajo la dirección artística de Ricardo Szwarcer y entre las próximas citas destaca el concierto lírico de Ainhoa Arteta junto a la Orquestra de Cadaqués y Jaime Martin, con especial protagonismo de Puccini en el programa.

Por cierto, la gran soprano vasca acaba de publicar un extraordinario recital junto al pianista Malcolm Martineau que supone su debú en el prestigioso sello Deutsche Grammophon, con un repertorio que incluye piezas de Charles Gounod, Georges Bizet, Reynaldo Hahn y un jugoso apartado consagrado a la gran canción española de concierto que incluye las Cinco canciones negras de Xavier Montsalvatge, cuatro Tonadillas al estilo antiguo, de Enric Granados y el Poema en forma de canciones, op. 19, de Joaquín Turina.

Afortunadamente se mantienen en activo, a pesar de la crisis, muchos festivales de verano, aunque la obsesiva búsqueda de nuevos públicos y la apuesta ciega por el eclecticismo como fórmula programadora se ha llevado por delante buena parte de las señas de identidad de algunas de las citas con más solera.

No podemos decir lo mismo de la oferta clásica de L´Auditori – reducida a su mínima expresión, aunque este año el Sónar ha incluido un estupendo homenaje a Steve Reich- y el Palau de la Música Catalana, con propuestas destinadas exclusivamente a captar turistas.

Afortunadamente se mantienen en activo, a pesar de la crisis, muchos festivales de verano, aunque la obsesiva búsqueda de nuevos públicos y la apuesta ciega por el eclecticismo como fórmula programadora se ha llevado por delante buena parte de las señas de identidad de algunas de las citas con más solera. Donde antes reinaba la música clásica –la mayoría de los festivales que pueblan la geografía catalana nacieron como festivales especializados en la música clásica- ahora comparten protagonismo las músicas del mundo, el jazz, el pop y otros géneros.

La tendencia no es necesariamente mala, pero conviene andarse con cuidado y no fiarlo todo al puntual bolo de lujo en búsqueda de audiencias masivas. Una cosa es aprovechar el tirón de las estrellas más mediáticas para conseguir colgar el cartel de no hay entradas, algo legítimo y recomendable, y otra descuidar la cantera, la promoción de los nuevos valores y la producción propia como sello de identidad. En este sentido, hay que aplaudir la coherencia, el rigor y la incuestionable calidad del Festival Internacional de Músiques de Torroella de Montgrí y celebrar las bodas de plata del Festival Castell de Peralada, que este año vuelve a sus orígenes con una sensacional oferta centrada en la ópera.

Este verano, además, contamos con dos nuevas citas que nacen con vocación de mantener ofertas artísticas bien diferenciadas. Por un lado, nace con fuerte impulso el Festival de Música Antiga dels Pirineus, fruto de la unión de esfuerzos entre diversas localidades del Pirineu catalán. Su filosofía programática es clara y atractiva: jugar con la belleza del rico patrimonio arquitectónico de la zona y su adecuación a la música antigua para ofrecer veladas con personalidad musical, defendidas por los mejores grupos y solistas especializados en la interpretación histórica del repertorio antiguo y barroco. Y, cosa importante, piensan convertirse en un espacio de referencia tanto en la promoción internacional de los mejores conjuntos y solistas catalanes como en la difusión de nuestro patrimonio musical.

La segunda propuesta también conjuga la belleza arquitectónica con la música y le añade la gastronomía como novedoso aliciente. Se trata de las Nits modernistes en el entorno único del Monestir de San Benet, una propuesta que ofrece al visitante la posibilidad de disfrutar un concierto de música modernista en el espacio del celler del monasterio y, opcionalmente, realizar además en la misma velada una visita al espacio Modernista de Ramon Casas a Món Sant Benet i degustar un sopar de duro en los jardines del recinto.

Nuevas óperas, viejos problemas, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el junio 15, 2011  |  1 Comentario

Las apariencias a veces engañan. Tras el estreno absoluto de Jo, Dalí, ópera del octogenario, y felizmente en activo compositor catalán Xavier Benguerel (Barcelona, 1931), con libreto de Jaime Salom, celebrado el pasado 8 de junio en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, en un montaje dirigido escénicamente por Xavier Albertí y musicalmente por Miquel Ortega, llega el estreno español, el próximo día 25, en el Gran Teatre del Liceu, de LByron, Un estiu sense estiu, ópera de otro compositor catalán, mucho más joven, Agustí Charles (Manresa, 1960), con libreto de Marc Rosich, cuyo estreno mundial tuvo lugar el pasado marzo en el Staatstheather de Darmstadt, coproductor del montaje que podremos ver en el coliseo lírico de las Ramblas, con dirección escénica de Alfonso Romero Mora y musical de Martin Lukas Meister.
A simple vista, dos estrenos casi seguidos parecen indicar que la actual creación lírica catalana atraviesa un momento especialmente dulce. Y no es así.

La obra de Benguerel se ha estrenado con diez años de retraso con respecto a la fecha su composición, así que la proximidad con el estreno de la obra de Charles es pura coincidencia. De hecho, la lista de compositores que esperan estrenar en los teatros españoles crece sin cesar porque, mientras no cambien las cosas, los estrenos se suceden con cuentagotas.

La lista de compositores que esperan estrenar en los teatros españoles crece sin cesar porque, mientras no cambien las cosas, los estrenos se suceden con cuentagotas.

Por mucho que se diga que la ópera está de moda, lo que está de moda son los títulos de siempre, el mal llamado gran repertorio, como si las obras maestras del siglo XX –en un fascinante arco de diversidad estilística que incluye, citando solo a los más representados, a Richard Strauss, Benjamin Britten, Leo Janácek, Dimitri Shostakóvich, Béla Bártok, Sergei Prokófiev, Olivier Messiaen o Györg Ligeti – no fueran también gran repertorio.

Pese a quien pese, la ópera sigue viva. Con 500 años de tradición a cuestas, y con centenares de autores en todo el mundo que siguen produciendo óperas. Compositores como Hans Werner Henze, Helmuth Lacheman, Tan Dun, Philippe Boesmans, George Benjamin, Olga Neuwirth, Harrison Birtwistle, y un largo etcétera en el que pueden incluirse, sin complejos, músicos españoles como Cristóbal Halffter, José María Sánchez-Verdú, Enric Palomar o Hèctor Parra.

Solo conozco dos forma de cargarse la ópera contemporánea. Una es, naturalmente, no programarla, opción políticamente incorrecta, aunque acariciada por esa plaga de gestores políticos que solo hablan de cultura con la calculadora en la mano. Y se quedan tan anchos: como la ópera de hoy no cuenta con el favor del público, es improbable ver alguna manifestación popular reclamando más estrenos.

La otra forma de liquidar el asunto, mucho más perversa, es montar mal los nuevos títulos, en espacios inadecuados, para cubrir el expediente. El argumento siempre es el mismo: faltan recursos, falta público, no venden un clavo y la sala se queda casi vacía. Total, que al final se contratan orquestas mediocres, voces y directores de andar por casa. Mala cosa, porque nada hace más daño a una nueva partitura que un mal estreno, pues se cortan, de raíz, las posibilidades de reposición.
Para paliar estas carencias se inventaron los montajes de pequeño y medio formato, un esfuerzo que solo puede dar buenos frutos cuando se apuesta, de verdad, por la excelencia interpretativa. Hay que ver nuevas ópera al mismo nivel que los títulos del repertorio. Si no, mejor el silencio y a esperar tiempos mejores.

Tags:, , ,
Categorias: opinión, Ópera

Compromiso con la música, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el junio 9, 2011  |  Deja un comentario

Catalonia de Isaac AlbenizHay discos que despiertan la memoria melómana, que traen recuerdos de esa insustituible experiencia que es la música en vivo y su espacio natural, los auditorios. Para muchos aficionados, la reciente grabación de la rapsodia sinfónica Catalonia, de Isaac Albéniz, a cargo de Jaime Martín y la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC), supondrá una agradable sorpresa: el descubrimiento de una partitura que transpira frescura, sencillez y encanto melódico. Para otros, supone el reencuentro con una obra que en cualquier país civilizado sería de absoluto repertorio, pero que aquí, tristemente, no lo es.

Su escucha permite refrescar sensaciones y recuerdos ligados a grandes directores y compositores que, a lo largo de su carrera, demostraron con hechos su convicción en el valor de esta pieza, sin entrar al trapo en esa endémica y estéril discusión acerca de la mala fama de Albéniz como orquestador. Ciertamente, no es un prodigio de refinamiento, pero, cuando se interpreta desde la plena convicción en sus méritos, el oyente queda cautivado, de inmediato, por la sencillez, la inspiración melódica y la eterna frescura que conserva la música del compositor catalán.

Hablo de músicos legendarios, como el ruso Igor Markévitch, especialmente en su gloriosa etapa de vinculación artística con la Orquesta Sinfónica de la RTVE; al rumano Georges Enescu, defensor a ultranza de una pieza que programó a menudo por todo el mundo; a Eduard Toldrà, el genial violinista, director y compositor catalán que en 1944 puso en marcha la Orquestra Municipal de Barcelona –hoy OBC, que ha grabado, por fin, Catalonia- y que difundió con pasión el repertorio español.

Se necesita más compromiso con la música y menos obsesión por las cifras de asistencia y la taquilla.

Hacen falta programadores que crean, de verdad, en la música española

La lista incluye artistas en activo, como Antoni Ros Marbà, apasionado intérprete de Albéniz y, de forma muy especial, de Toldrà, que fue su maestro; Jesús López Cobos, José de Eusebio – gracias a su entusiasmo conocemos hoy mejor que nunca el legado operístico del músico de Camprodón y en la grabación que hoy comentamos se incluye una suite orquestal de Pepita Jiménez por él revisada- y, en su primer disco con la OBC, Jaime Martin.

Albéniz ha tenido y tiene elocuentes defensores. ¿Por qué, entonces, Catalonia sigue siendo una página infrecuente en las salas de conciertos? Dificil cuestión. De entrada, hacen falta programadores que crean, de verdad, en la música española. De nada sirve incluir cuatro o cinco piezas a lo largo de una temporada sinfónica; tampoco bastan las cuotas de corte nacionalista, ni los encargos, cada vez menos ambiciosos y numerosos. Se necesita más compromiso con la música y menos obsesión por las cifras de asistencia y la taquilla.

Hay suficiente margen de maniobra para equilibrar la oferta usando los clásicos más populares como gancho popular, todo depende de la imaginación programadora. La normalización de obras como Catalonia – y esta página es solo un ejemplo; hay cientos de partituras en su misma situación- necesita de una firme alianza entre intérpretes, programadores y público.

Los músicos con poder – y los titulares de un conjunto sinfónico tienen mucho poder – son quienes, en definitiva, más fuerza tienen a la hora de escoger qué obras se programan y qué obras se quedan fuera: cuando un titular quiere interpretar una determinada pieza, lo hace tarde o temprano.

Los programadores, los gestores, los directores artísticos, deberían limitarse a cumplir su deber, puesto que el rescate y la difusión del repertorio nacional es una obligación para cualquier orquesta, auditorio o teatro público.

En cuanto al público, hay que buscar la mayor complicidad posible, utilizando las herramientas de comunicación que, hoy más que nunca, permiten fomentar, si se utilizan con imaginación y eficacia, la curiosidad melómana, las ganas de conocer nuevas y viejas partituras, la posibilidad de ampliar fronteras.

 

Tiendas y distribuidores
 
Licencia de Creative Commons
Tritó S.L. - Enamorats, 35-37, bajo - 08013 Barcelona (España)
Teléfono: (+34) 933 426 175 - Horario: Lunes a Viernes (9:00 a 18:00)
Payment methods
Métodos de pago:
Sello de confianza Trustwave
Certificado por: