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Orquestas de calidad, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el agosto 29, 2011  |  1 Comentario

Orquesta de la Comunitat ValencianaCatalunya necesita buenas orquestas. Si el objetivo es ganar prestigio en la escena concertística internacional, el único camino posible es marcar como objetivo prioritario el máximo nivel de excelencia de nuestras orquestas.

Hay otros parámetros, sin  duda, que valorar a la hora de otorgar subvenciones, desde la originalidad y el riesgo de la programación al apoyo a los compositores e intérpretes del país, la participación social o la difusión del patrimonio. Pero sin calidad, de nada sirven las buenas intenciones.

Cuando un melómano extranjero visita el Palau, el Auditori o el Liceu y se encuentra, bien en el foso, bien en el escenario, una orquesta mediocre, se lleva una pobre impresión que no puede maquillarse con la presencia de solistas o cantantes de primer nivel.

La orquesta es el motor, el corazón de un teatro, suele decir Jesús López Cobos. Y de un auditorio, cuando se trata de una formación titular o un conjunto en residencia. Cuando se habla, con justificada admiración, de Finlandia como paraíso musical, se piensa ante todo en el excelente nivel de sus músicos y de sus orquestas.

También los festivales deben tomar nota de ese objetivo de calidad orquestal. El Festival Castell de Peralada ha celebrado este año sus bodas de plata con una oferta operística de gran nivel y, curiosamente, puede hablarse de notables actuaciones de varias formaciones catalanas.

Pero la única formación que ha provocado sana envidia este verano es la Orquestra de la Comunitat Valenciana, titular del Palau de les Arts Reina Sofia, un instrumento de alta precisión, equilibrio y gran belleza sonora.

L´Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu brilló en una electrizante versión de Nabucco dirigida por  Nello Santi, y la Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) salió airosa en el estupendo concierto del tenor Roberto Alagna, dirigida con impecable oficio por David Giménez.

Podemos añadir también las dignas prestaciones de  la Simfònica del Vallès y de la Nacional Clássica d´Andorra en las veladas protagonizadas, respecticavente, por Joan Manuel Serrat y por Montserrat Caballé y Al Bano.

Pero la única formación que, de verdad, ha provocado sana envidia es la Orquestra de la Comunitat Valenciana, titular del Palau de les Arts Reina Sofia, un instrumento de alta precisión, equilibrio y gran belleza sonora que acompañó a Plácido Domingo en el más emocionante concierto del verano musical bajo la experta dirección de Jesús López Cobos. La excelencia, pues, marcó la diferencia.

Curiosamente, la actuación de bandArt en el muy atractivo e innovador montaje de Orfeo ed Euridice con el sello escénico de La Fura dels Baus, tuvo mucho más mérito en el aspecto teatral que en la calidad musical. El director de escena Carlos Padrissa convierte a los músicos en actores que toman las riendas del espectáculo. No se trata de colocar simplemente a la orquesta en el escenario, algo habitual en muchos montajes: la imaginería furera da un paso más y otorga nueva vida teatral a los músicos como factor clave en la acción dramática: a veces, recorren el escenario como posesos o bien ocupando los pequeños fosos unipersonales, con medio cuerpo fuera, desplegados por el escenario.

El rendimiento escénico de bandArt fue admirable, pero no se repitió el milagroso poder comunicativo alcanzado por López Cobos y la Orquestra de Cadaqués en el anterior montaje de ésta ópera que el Festival de Peralada presentó en 2002, con la firma escénica de Joan Font de Comediants y la maravillosa contralto Ewa Podles en la piel de Orfeo.

BandArt, una orquesta siempre dispuesta a romper tópicos, es un formidable intrumento, pero no puede decirse lo mismo de su líder, el violinista Gordan Nikolic, cuya caprichosa y extravagante dirección alternó momentos de gran efectismo, con tempi vertiginosos, y dinámicas no siempre bien equilibradas. El trasiego escénico, sin duda, pasó factura a los músicos, pero no justifica la superficialidad y falta de pulso narrativo de muchas escenas.

El teatro ganó la partida a la calidad musical, y eso, que puede funcionar muy bien en taquilla, rebaja ese nivel de excelencia del que hablamos.

José Ramón Encinar, la música de nuestro tiempo, por Javier Pérez Senz

Escrito por Javier Pérez Senz el julio 29, 2011  |  Deja un comentario

El protagonismo de la creación musical en las temporadas de las orquestas sinfónicas españolas no es solo cuestión de presupuesto. Curiosamente, las formaciones con más recursos públicos no figuran siempre a la cabeza ni en política de encargos ni en número de obras programadas. Basta comparar la presencia de la música española en la temporada de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid con la que ofrecen  otras formaciones de similar nivel para darse cuenta de que el hecho de que se programen más o menos autores contemporáneos no depende solo de la cantidad de recursos económicos, sino de la voluntad de directores musicales y gerentes a la hora de dar o negar protagonismo a la música de nuestro tiempo.

Cuestión, ante todo, de convicción en el valor de la creación como pieza clave en la filosofía artística de cualquier orquesta que vive del dinero público. A los promotores privados basta con agradecerles todos los esfuerzos, por pequeños que sean, a favor de la difusión de la obra de los compositores actuales. A las orquestas de titularidad pública y a sus gestores hay que exigírselo.

Cada vez que un auditorio se escuda en los gustos del público y nos recuerda que a la mayoría de los abonados lo que de verdad les gusta es escuchar siempre las mismas obras de Beethoven, Chaikoski o Brahms hay que decirles que el justo protagonismo de los grandes clásicos en las temporadas se puede mantener sin por ello dejar casi en mantillas la música de hoy: lo más sensato suele ser programar obras actuales junto a páginas del gran repertorio.

Hay muchas formas de programar y lograr ese equilibrio en muchas ocasiones es mucho más fácil de lo que parece. De hecho solo hace falta una cosa: que quien tiene el poder para escoger los compositores y las obras que integran una temporada sinfónica lo utilice.

¿Es que la ORCAM maneja más recursos que las demás orquestas? Ni hablar, conozco algunas formaciones españolas que tienen más presupuesto y se limitan a incluir, a veces con calzador, dos o tres estrenos por temporada para cubrir el expediente.

Hace años que veo, con asombro, el papel primordial que la música contemporánea juega en las temporadas de la ORCAM. No es la orquesta con más recursos del panorama concertístico español, pero es la que más y mejor programa música española; nada de cuotas autonómicas ni falsos patriotismos, simplemente convicción en el valor de unos autores cuya música debería sonar en todos los auditorios, en todas las temporadas, pero que rara vez lo hacen, más por cicatería de titulares y gerentes que olvidan con demasiada facilidad la obligación que como orquestas públicas tienen con la causa contemporánea.

¿Es que la ORCAM maneja más recursos que las demás orquestas? Ni hablar, conozco algunas formaciones españolas que tienen más presupuesto y se limitan a incluir, a veces con calzador, dos o tres estrenos por temporada para cubrir el expediente. La diferencia, una vez más, no está en el dinero, sino en el talante de sus responsables, y en el caso de la ORCAM,  lo que prima es la pasión de su director titular y artístico, José Ramón Encinar, todo un campeón de la música española, por vocación, por oficio y por responsabilidad cultural.

La lista de obras programadas en la temporada 2011-2012 es, desde cualquier punto de vista, impresionante, como lo es la lista de compositores presentes en los conciertos programados en el Auditorio Nacional de Música y en los Teatros del Canal: Rafael Frühbeck de Burgos, Pilar Jurado, David Palet, José Manuel López López, Juan Carlos Satué, Carlos Cruz de Castro, Jacobo Durán-Loriga, Juan Cruz Guevara, Jesús Villa Rojo, Francisco Otero, o David del Puerto, más la oportunidad de escuchar páginas del mexicano Enrique Diemecke o el italiano Luca Francesconi.

Y hay que sumar partituras tan significativas como el Cant Espiritual, de Xavier Montsalvatge, Cantar del alma, de Frederic Mompou, tres grandes obras de Joaquín Rodrigo -Concierto para una fiesta, Concierto de Aranjuez y la Fantasía para un gentilhombre- y el Concierto para guitarra nº 3 de Antonio Ruiz Pipó.

Hay espacio para todas las músicas, porque en las mismas series de conciertos hay célebres obras de Bernstein, Orff, Fauré, Gershwin, Ravel, Bartók y Sibelius;  una buena ración de clásicos y románticos ( Haydn, Beethoven, Chaikovski, Schumann, Berlioz, Liszt, Brahms, Mendelssohn, Chaikovski, Rimsky-Korsakov, …) y un puñado de partituras poco programadas por estos lares, como Schlagobers, de Richard Strauss, Helios, de Carl Nielsen, Pohadka, de Josef Suk o La noche de los mayas, del gran Silvestre Revueltas. Lo dicho, cuestión de talante, de convicción y amor a la música. Que cunda el ejemplo.

Javier Pérez Senz.

 

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